
¿Qué tanto pensás en quienes están alrededor? ¿Recordás sus nombres? ¿Te preguntás qué hay más allá de esa vista momentánea de su aspecto? Pensar en el otro suena como algo simple, prácticamente automático, pero rara vez se convierte en algo consciente.
Y justo desde la excepción, la forma en que existe de experimentar la vida ya no es solo una. Claro, esto parece obvio, lo interesante es qué tan complicado es salirse del molde, cuestionar certezas y obligarnos a mirar de vuelta, porque esto implica incomodidad, y ¿a quién le gusta eso?
Sin embargo, te cuento que hay algo que vence ese miedo a la incomodidad y que nos permite elegir y ver de otra manera. Eso tan poderoso son las historias de amor, y estas se vuelven aún más grandiosas y memorables cuando hay un héroe, ¿cierto? Pero tal vez el verdadero giro está en entender que no se trata de alguien extraordinario, sino de alguien que decidió no pasar de largo, que eligió quedarse, mirar y, sobre todo, entregar.

Don Samuel Bermúdez Jiménez parecía entender la vida de esa manera. Nació el 7 de abril de 1924 en San Miguel de Desamparados. Fue hijo de Mariano Bermúdez y María Jiménez, y creció dentro de una familia numerosa de siete hijos. Pienso que probablemente crecer entre tantas personas fue una de las primeras formas en las que don Samuel entendió la vida desde otro sentido, uno más humano y real.
En don Samuel había algo parecido a un gran escritor: tenía la capacidad de imaginar historias inmensas, pero también la valentía de convertirlas en realidad. Pero en lugar de utilizar tinta y papel, don Samuel fue de esos maravillosos escritores y narradores que usaban su voz y sus acciones. Así, poco a poco, empezó a escribir en la vida de cada persona que lo escuchaba.
Pero se preguntarán, ¿cómo este gran narrador se convirtió en una figura tan importante? Bueno, la radio se convirtió en su instrumento. Él fundó la radiodifusora Radio Libertad, “La Gigante de Centroamérica”, y comenzó a abrirse camino hasta posicionarse como una de las emisoras más importantes del país. Pero no olvidemos que detrás de la fuerza de aquella voz existía también un hombre profundamente humano, cálido en su manera de amar y sumamente consciente de la realidad que lo rodeaba.
¿Recordás que mencioné las historias de amor al inicio? Acá esta historia tiene raíces muy grandes. Don Samuel amaba Desamparados como algunos escritores aman sus mejores historias: con atención, con cuidado y con la certeza de que incluso los detalles más pequeños merecen permanecer. Por eso alguna vez escribió: “Yo amo a la patria en Desamparados, en su tierra, en sus gentes y en sus cosas grandes y
chirrisquiticas.” Y quizá esa frase explica mucho más de él que cualquier reconocimiento empresarial o cualquier éxito en la radiodifusión. Porque mientras muchas personas construyen pensando únicamente en sí mismas, don Samuel parecía construir pensando en aquello que podía dejar viviendo en otros.
Don Samuel tenía una mezcla extraña, pero maravillosa: la sensibilidad de quien sabía conmoverse por las personas y la claridad de alguien que comprendía perfectamente que el amor, por sí solo, no basta si no encuentra una forma de sostenerse en la realidad. Por eso su amor por sus tierras y todo lo que había en ellas no se quedó ahí. Se movió. Buscó personas, reunió ideas, escuchó consejos y comenzó a construir algo que todavía no tenía un nombre completo, pero sí un propósito.
Primero llegaron los almuerzos en la casa cural de Desamparados junto al padre José Luis Cortés; después llegaron las conversaciones con personas, como doña Clara Amelia Acuña, que empezaron a creer junto a él en la posibilidad de crear oportunidades reales para la juventud y para el desarrollo cultural y educativo del cantón. Monseñor Bolaños, Mario Echandi, el presbítero Delio Arguedas, Gabriel Ureña, Digna Bermúdez Jiménez y muchas otras personas terminaron formando parte de aquella historia que apenas comenzaba a escribirse.
Fue así como, el 7 de abril de 1974, justo el día de su cumpleaños número cincuenta, decidió entregar todo lo que durante años construyó. Radio Libertad, terrenos, propiedades, equipos y muchos de sus bienes pasaron a formar parte de Fundación Ciudadelas de Libertad y de la Institución María Mariano. Ahí fue donde terminó de escribir el capítulo más importante de su historia, porque aquello no fue solamente una donación material; fue una forma profundamente humana de entender y expresar el amor.
Por eso Fundación Ciudadelas de Libertad nunca ha sido únicamente una institución, ni solamente algo que don Samuel decidió donar. Desde el inicio se convirtió en un lugar donde otras personas podían escribir sus propios capítulos.
Durante más de cincuenta años, miles de personas han pasado por sus espacios dejando risas, aprendizajes, amistades, sueños, despedidas y nuevos comienzos. Hay jóvenes que encontraron oportunidades, familias que encontraron compañía, trabajadores que hicieron de este lugar una parte importante de sus vidas y personas que, sin darse cuenta, terminaron encontrándose a sí mismas aquí.

Y les aseguro que todo eso fue posible porque alguien como don Samuel construyó todo esto pensando en las personas que muchas veces otros simplemente dejaban pasar. Pensando en la cotidianidad de Desamparados, en su gente, en sus historias sencillas y en todas esas pequeñas cosas donde él sabía que también existía amor, propósito y esperanza.
Pensó en crear algo que pudiera permanecer viviendo dentro de otros, crecer con otras historias y seguir dejando huella incluso con el paso de los años. Porque Fundación Ciudadelas de Libertad no está hecha solamente de edificios o espacios; está hecha de vidas, de recuerdos y de todas las personas que han encontrado aquí una parte importante de su historia. Por eso nace “Libertad nos cuenta historias”. Porque las historias más importantes no desaparecen mientras exista alguien dispuesto a volver a contarlas con libertad.
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